El lo sabe.
Sabe que es inmune al sabor de su piel
al pecado y a la santidad.
Ella baja los parpados y cubre la pupila,
dilatando sus venas, arrugando la ceja.
Sus poros se cierran, oprimiendo el aire.
Encorva la columna,
dándole textura a la frágil capa de piel que cubre su espalda.
Procura un poco de vista,
para ser presente de la peor colisión.
Aún sigue temblando.
Tiezas están sus manos
sin expectativa alguna,
y sigue apoyandose de sus rodillas.
El dolor embriaga sus labios.
Ilusiones trastornadas,
Necesita una descarga.
Exaspera en la superficie plana,
en la melindrosa se retuerce.
Cae completamente, y se extiende en el alba.
Ya no inhala,
tampoco exhala,
el no la siente, la da por disipada.
Y ahora, el oxígeno se agota…
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